EL SEPELIO
Los pupitres se volvieron sillas de un sepelio.
SANDRA SALGADO MENDOZA
Nueva York, 2 de abril de 2018
Adentrándome un poco a la vida de Goya, él nació en Aragón en 1746 y murió en Burdeos en 1828. Goya era un pintor de la corte del rey, pintó un retrato colectivo de La familia de Carlos IV, y tenía un gusto tanto para lo refinado como para lo brutal. Se alimentaba de la cultura popular, pero en realidad era mucho más que un hombre del pueblo, él era impredecible, pintaba cuadros que parecían ser hechos por dos personas distintas, pintaba claro y oscuro. Goya pintaba lugares claros con sensación de bienestar y alegría como el de las damas con vestidos largos y sombrillas blancas, La Padrera de San Isidro, mostrando la belleza de la naturaleza terrenal con sus colores maravillosos, y también la vida cotidiana como La gallina ciega.
Las obras de Goya tienen algo en particular, su fiereza, que es algo más que salvaje, es algo así como una mordida de perro, pues una vez que se observa una obra de Goya, uno queda con una cicatriz para siempre en las pupilas como eran las sangrientas corridas de toros.
En conclusión, sin tener que ir al museo, sitio de culto para los escritores, pintores y escultores, vi con mirada retorcida y embelesada rostros bestiales a través de la cinta, y no es que yo sienta placer y morbo viendo los dibujos de gente torturada, sino que más bien fue un deleite en el aprendizaje especialmente de las pinturas negras de Goya, como Saturno devorando a su hijo, La Romería de San Isidro, Dos viejos comiendo sopa, y El Coloso entre otras. Conocer la verdadera historia de España a través Goya con sus creaciones desgarradoras en búsqueda de la verdad con imagenes grotescas de las imperfecciones del ser humano fue delirante, mas las colapsadas miradas de lujuria que provocaron la Maja desnuda como una muestra escandalosa de la perfección de una figura hermosa fue más apasionante. ¡Goya!, adoro la provocación de lo siniestro y sensual de tus obras.